Es bastante normal que a la hora de nosotros querer saber si podemos hacer algo para otra persona, o si ella puede hacer algo por nosotros, surge la interrogante acerca de si él o ella quiere. ¿Querrá que la ayude? ¿Querrá ayudarme? ¿No estaré importunando con mi ayuda, o pidiéndola? Esto es bastante normal.
Con este escenario trazado, ahora imagina que es necesario pedir ayuda, o ayudar al otro. No es una opción. Hay que ser inoportunos. Aún así, a sabiendas de que sí o sí voy a prestar mi ayuda, o a pedir ayuda, ¿querrá? Yo no puedo obligar a otros a recibir mi ayuda, tampoco obligarlos a que me ayuden. Siempre, siempre, pero siempre, el querrá como interrogante será una cuestión. Por más que quiera ayudar, por más que necesite mi ayuda, si no quiere recibirla; eso no tiene ningún valor ni impacto (lo mismo aplica para yo pedirla).
Si no existe el querer ser ayudado, o querer ayudar, no tenemos nada.
En Mateo 8:1-3 leemos:
Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente. Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
Tenemos a un necesitado, le urgía ser limpiando, lo necesitaba. Tenemos a alguien, el único que podía limpiarlo, que estaba cerca de él. La única interrogante es: ¿querrá? – Yo necesito de lo que él tiene, ¿querrá limpiarme? -. El querer del Señor es revelado por las 3 palabras más bellas e impactante de este relato: “quiero, sé limpio”.
El Señor puede. El Señor tiene el poder. Pero sobre todas las cosas: él quiere.
Sabiendo que él tiene todo el poder y que él quiere, no nos resta más que venir ante él y pedir ser limpiados.
Él quiere. Y tú, ¿quieres venir al Señor para ser limpiado?
