Aparta de mí tu mano, Y no me asombre tu terror. Llama luego, y yo responderé; O yo hablaré, y respóndeme tú. ¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo? Hazme entender mi transgresión y mi pecado. ¿Por qué escondes tu rostro, Y me cuentas por tu enemigo? ¿A la hoja arrebatada has de quebrantar, Y a una paja seca has de perseguir? ¿Por qué escribes contra mí amarguras, Y me haces cargo de los pecados de mi juventud?
Job 13:21-26
La historia del justo Job que sufre por lo que le acontece no es ajena a la mayoría de las personas, incluyendo a aquellos que tienen (o han tenido) poco contacto, o contacto nulo, con la iglesia. Es bastante conocida.
En la porción del texto colocado tenemos el reflejo de la antigua idea sobre los males que le acontecen a la persona y su causa. La idea general detrás de la misma era que sufres las consecuencias de tus malas acciones, o tus pecados, contra Dios. El razonamiento era simple: si haces mal, sufres; entonces, si estás sufriendo es porque algo hiciste mal.
En el libro de Job vemos que este está completamente seguro de que no ha hecho nada malo, pero, aun así, partiendo desde la idea ya planteada que ellos tenían sobre la causa del sufrimiento, este procede a reparar sus “males”.
En el contexto de todo lo visto es que Job exclama con las palabras del texto bíblico inicial. Imagina creer que sufres en la misma proporción del mal que has hecho. Como Job estaba pasando un momento tan difícil, es donde llega a la conclusión de que debió ser grande su pecado y por eso pregunta: ¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo? Hazme entender mi transgresión y mi pecado. Claro, que todo esto es siguiendo la idea que ellos tenían y lo que se va desarrollando en este drama, pues sabemos que lo que pasaba no tenía que ver con esto.
¿Recuerdas el final de Job? ¿Recuerdas haber oído a Dios reprendiendo sus pecados? No, ¿verdad? Aquí está el quid de la cuestión: es normal sufrir y experimentar dolor por el sufrimiento, aun cuando desconocemos las causas, la magnitud y tiempo de este. Pero aun con todo esto hay algo que vamos a hacer y que es normal hacerlo: quejarnos en la desesperanza aparente, llorar, gritar. No somos seres sin sentimientos. No somos robots que no sienten ni padecen. No somos de hierro. Somos seres humanos de carne y hueso que, al experimentar el dolor, y al este no ser nada agradable o codiciable; lo repelemos. Exclamemos de dolor, gritemos fuerte y hasta lloremos, es normal, y lo mejor de todo es que Dios no nos va a recriminar por esto. No nos va a recriminar por llorar y quejarnos con él por lo que pasamos. No lo ha hecho. No lo hace. No lo hará. De hecho, hacerlo es señal de nuestro anhelo desesperado de hacerlo parte y solución de este.
En Jesús tenemos un varón experimentado en dolores, uno que padeció y que superó todo. En él tenemos consuelo de muchas cosas, comenzando desde el punto de que al padecer sabe lo que sentimos; y terminando con la gloriosa afirmación de que él es poderoso para socorrernos.
No sufrimos y exclamamos desesperanza solos, sino al lado de la esperanza misma: Jesús.
