Entender las razones por las cuales surge la apologética cristiana en el siglo II d. C., no solo ayudará a entender la necesidad de esta y su razón de ser en su génesis, sino que será de utilidad para el contexto interpretativo de lo que cada padre apologista escribió como obra apologética cristiana en este siglo.
¿Qué estaba aconteciendo en el mundo antiguo para esta época? ¿Qué ocurría en todo el territorio dominado por el imperio romano, donde surge el cristianismo? Todas las respuestas que giran en torno al nuevo movimiento religioso se responden con una sola verdad histórica que está sucediendo: la iglesia (termino usado aquí no para representar una comunidad universalmente unidad en todos los sentidos), la comunidad de creyentes dispersas en todo el imperio estaba siendo perseguida. Desde Nerón en el siglo I d. C. hasta Diocleciano en el siglo IV d. C., la iglesia era perseguida oficialmente por el imperio. Y es aquí donde radica la gravedad de esto pogromos, puesto que eran impulsados por edictos y ordenanzas por quien era visto como el padre de toda la casa en ese momento, conocida como el imperio romano. Si bien es cierto que no todas las persecuciones o trifurcas regionales dentro del imperio fueron promovidas por el mismo, los cristianos la veían así, y por ello no hacen una diferencia muy clara entre una y otra.
¿Cuál fue la razón de este pogromo? Históricamente se pueden mencionar varias, siendo una de las principales la acusación de misantropía. En un sentido más amplio, se puede decir que las acusaciones se agrupan en dos grandes renglones: acusaciones populares y las cultas. Las populares se basaban en los rumores que circulaban por el de boca en boca acerca de la praxis cristiana y sus creencias. Se acusaba a los cristianos de practicar orgías y relaciones incestuosas en sus ágapes, de comer niños (canibalismo que a veces se entretejía con la eucaristía o santa cena) y de que su dios era un asno crucificado (esto trae a la mente el grafito de Alexámenos, conocido como el grafito del Palatino, en donde un hombre se describe adorando a su dios, representado como un asno crucificado. Todo esto haciendo alusión al cristianismo. Esto también me hace recordar la cómica afirmación de un grupo moderno conocido como las raíces hebreas, los cuales, bajo una ignorancia total del hebreo y el griego, dicen que Jesús significa caballo, puesto que creen que viene del hebreo הַסוס, el cual se traduce como el caballo, ignorando que Jesús viene más exactamente del griego Ἰησοῦσ y que del hebreo viene de nada que tenga que ver con caballo). Todos estos rumores surgieron de las tergiversaciones de las costumbres cristianas. Las acusaciones culturas apelaban a la burla y a señalar que los maestros cristianos eran unos ignorantes pertenecientes a los más bajos estratos de la sociedad. Se decía que por eso los cristianos se acercan sólo a las personas ignorantes, a las mujeres, niños, esclavos y demás, ya que sabían que su supuesta ciencia no resistiría el embate de una refutación sólida. Además de ello, se decía que eran ateos, o que por lo menos adoraban a un dios que digno de serlo, puesto que este se inmiscuía en los asuntos de los humanos. Junto a todo esto, señalaban que sus evangelios estaban llenos de contradicciones, que lo bueno de su doctrina lo habían tomado de Platón y los demás filósofos griegos (aunque corrompiéndola) y que la “absurda doctrina de la resurrección” es una tergiversación burda de la doctrina platónica de la inmortalidad y transmigración de las almas. Y como si esto no fuera poco, se les catalogaba se subversivos, opuestos al Estado, ya que no aceptaban la divinidad del César ni correspondían con las responsabilidades civiles y militares.
El problema mayor del cristianismo, lo cual provocó todo esto, era que su pecado fue ser una “religión” que no encajaba, y que de hecho no puede ser catalogada como religión. El cristianismo era un movimiento raro, extraño. El primer punto que tenía en contra era que era novedoso, y esto el imperio lo detestaba. La tolerancia religiosa romana y sus practicas apoyaban las religiones antiguas y bien enraizadas culturalmente. El cristianismo, al ir alejándose visiblemente en una dirección diferente al judaísmo, ya no era considerado parte de las tradiciones o costumbres judías. Las mismas practicas judías, la excepción a la regla dentro del imperio romano, eran “bien” vista por lo menos por tratarse de una práctica ancestral, una religión antigua; aunque, existía su celo y observancia de un monoteísmo estricto donde solo YHVH es Dios. El otro problema que tenía el cristianismo era al tener un énfasis no en la religión, o religiosidad, tal como era vista en ese momento; no podía ser considerado ni siquiera eso. El cristianismo, con bases en el judaísmo, no era una religión tal como se conocía en el imperio, más bien era como una escuela. Su énfasis en verdades proposicionales y su creencia y apego a las mismas, era algo totalmente extraño. Su desapego cultural a la práctica religiosa de la época, no solo en sus propias ideas sino en la de no participar en la religiosidad cultural de la época, les hizo ganar el adjetivo de misántropos, enemigos del imperio y personas que velan por el malestar de este. Esta era la idea que podía venir en la mente de los demás al ver que personas no seguían las prácticas habituales que eran parte de la cultura y que no veneraban a los dioses que han permitido que el imperio romano sea lo que es en ese momento. Todo esto dio paso a las persecuciones de este movimiento atípico para la época.
En el contexto de las persecuciones se sabe que históricamente la forma de perdonar a los cristianos era que renunciaran a su fe. Esto se probaba a través de esquivar su cristianismo (lapsi) u ofrecerse como voluntarios para sacrificar a los dioses antiguos (sacrificati). Un verdadero cristiano no haría esto, sino que preferiría morir como mártir. Todo esto dio paso a la martirología como maquinaria propagandística. El martirio era visto como el testimonio escatológico más alto si la fe perduraba hasta la muerte.
En el contexto de las persecuciones muchos en el imperio romano aprovecharon para acusar a sus enemigos personales, que ni eran cristianos. Lo hacían para aprovechar el pogromo y atacar a sus enemigos. En este contexto es que surge la correspondencia entre Plinio el Joven y Trajano, sobre cómo proceder en este caso. La respuesta imperial es que la pena capital se merece solo si el acusado se niega en un tribula oficial a retractarse de su devoción exclusiva a Cristo, y no adora a los dioses romanos. Esto evito que los lugareños usaran la censura estatal genérica del cristianismo para denunciar a sus enemigos sociales y comerciales. De hecho, Adriano, el sucesor de Trajano, les otorgó a los cristianos el derecho a contrainterrogar a los que los denunciaban e incluso procesar a sus detractores bajo las leyes de calumnia.
¿Cómo responde la iglesia cristiana a todo esto? Con la apologética. Las obras de los apologistas griegos del siglo II van dirigidas a defender las prácticas y creencias cristianas ante todas estas acusaciones. Sus obras estaban dirigidas no solo a los emperadores sino a la gente culta y letrada. A las acusaciones populares, los apologistas responden con una negación rotunda. A las cultas respondieron a través de obras que hoy posee la iglesia y que reflejan el contexto al cual se tuvieron que enfrentar, aunque claro, muchas de ellas no han llegado hasta el día de hoy, y solo sabemos de su existencia porque otros autores cristianos la mencionan, como Eusebio de Cesarea.
Al ataque de que era subversivos negaron los cargos, señalando que los cristianos oraban por el emperador. A otros temas específicos, cada autor de la época le dedico un escrito, o varios temas aparecen en más de uno de ellos. El más importante de los apologistas griegos del siglo II fue Justino Mártir. De este tenemos varias obras, como sus apologías y sus Diálogos con Trifón. En sus apologías frente a los emperadores, dice que es razonable abandonar las tradiciones que no sean buenas y amar solo la verdad. Con esto busca apelar al ladro sabio y filosófico de los emperadores. En su Diálogo con Trifón defiende a Jesús frente a un judío, haciendo uso del Antiguo Testamento y su interpretación “cristiana”.
Atenágoras es un que en su suplica a favor de los cristianos, pasa a refutar tres acusaciones de las cuales eran objetos los creyentes: ser ateos, incesto y canibalismo en sus banquetes. Sobre el ateísmo, él menciona una serie de poetas y filósofos que han dicho acerca de dios cosas semejantes a los cristianos, y nadie los llamó a ellos ateos. Sobre el incesto y el canibalismo, objeta que es imposible que tal practica exista en el cristianismo debido a que profesan una moral superior a las demás. Atenágoras también contesta a las burlas sobre la resurrección de los muertos, en su sobra sobre la resurrección de los muertos.
Teófilo de Antioquia en su A Autólico responde a un erudito pagano que decía que no podía entender por qué una persona racional querría convertirse en cristiano. Es él quien hace el debut en la teología cristiana del uso del termino trias para referirse a la Trinidad.
Estas y otras muchas situaciones fue el génesis del surgimiento de la literatura conocida como apologética en el contexto de la historia cristiana. La iglesia necesitaba defenderse y dar respuestas a las acusaciones y ataques que resultaron en no solo su persecución sino en la ridiculización de sus creencias.
